viernes, 11 de abril de 2014

Las propiedades de la Santa Misa - San Vicente Ferrer




Las gracias qué alcanza la persona que oye misa devotamente son estas:

Primera: Quien celebra la misa ora especialmente por quien la oye.

Segunda: Oyendo la misa se goza de maravillosa compañía, porque en la misa está Jesucristo, tan grande como en el árbol de la cruz, y por concomitancia está también la divinidad, la Trinidad santa. Además, está en compañía de los ángeles santos. Y, según escribe un doctor, en el lugar en donde se celebra el santo sacrificio de la misa hay muchos santos) y santas, especialmente por aquello: Son vírgenes que siguen al Cordero doquiera que va (Apoc., 14, 4.).

Tercera gracia que alcanza la persona que oye devotamente la misa: Que le ayuda en los trabajos y negocios. Se lee de un caballero, que tenía costumbre de oír misa sumido en gran devoción, que cierta vez salió del mar con sus compañeros y estaba preparándose en una capilla para oír misa. Los compañeros le anunciaron que la nave iba a darse a la vela y que se diese prisa. El caballero contestó que primero quería oír misa. Por lo cual le dejaron en tierra v partió la nave) Después de haber oído la misa, el caballero se durmió, y cuando despertó se halló en su propia tierra. Después de muchos días llegaron los de la nave, y se maravillaron al verlo.

Y de otros casos se leen cosáis maravillosas. Además, la persona que oye misa disgusta mucho al diablo; pues interroga­do cierta vez qué era lo que más le desagradaba contestó que tres cosas: los sermones, es decir, la palabra de Dios, la misa y la penitencia.

Cuarta gracia que alcanza la persona que oye misa devota­mente: Que será iluminada en las cosas que ha de discernir y determinar por su inteligencia. Se dice de San Buenaventura, de la Orden de frailes menores, que ayudaba las misas frecuentemente y con harta devoción. Y un día, sirviendo la misa, Santo Tomás de Aquino vio una lengua de fuego sobre la ca­beza del dicho fray Buenaventura, el cual, de entonces en ade­lante tuvo ciencia infusa.

Quinta gracia: Que la persona que oye misa devota y benignamente, no morirá ese día de desgracia ni sin confesión. Sexta gracia: Que en su muerte estarán presentes tantos santos cuántas misas haya oído devotamente. Dice San Jeróni­mo que a las almas por las que está obligado a orar el que oye la misa -su padre, su madre, sus parientes y bienhechores-, durante el espacio de tiempo en que oye la misa, les serán atenuadas las penas del purgatorio. Dice San Ambrosio que des­pués que la persona haya oído la misa, todo lo que coma en aquel día hará más provecho a su naturaleza que si no hubiese oído la misa. Si la mujer en estado oye la misa, dará a luz sin gran trabajo, si lo hiciere en aquel día.

San Agustín escribe en el libro De civitate Dei que a la persona que oye misa devotamente nuestro Señor le dará en ese día las cosas necesarias. La segunda gracia que tendrá es que sus palabras vanas le serán perdonadas. Tercera, que aquel día no perderá ningún pleito. Cuarta, que mientras oye la misa no envejece ni se debilita su cuerpo. Quinta, que si muere en ese día la misa le valdrá tanto como si hubiese comulgado. Sexta, que los pasos que da yendo y viniendo a la misa, son contados por los santos ángeles y remunerados por Dios nuestro Señor. Además, más vale una misa que se oye en vida devotamente, que si después de la muerte oyera otro mil. Se lee que oír misa con devoción aprovecha para remisión de los pecados y crecimiento de gracia más que otras oraciones que el hombre pueda decir o hacer, pues toda la misa es oración de nuestro Señor y Redentor Jesucristo, infinitamente dulce y piadoso, que es cabeza nuestra y todos los fieles sus miembros. Dice San Gre­gorio que mientras se celebra la misa se perdonan los pecados de los muertos y de los vivos. Y San Crisóstomo escribe que vale tanto la celebración de la misa como la muerte de Jesu­cristo, por la que nos redimió de todos nuestros, pecados. Finalmente, la salvación de la humanidad está cifrada en la celebra­ción del santo sacrificio de la misa, porque todo el esfuerzo del malvado anticristo se orientará a quitar de la santa Madre Iglesia este santo misterio, en el que se maneja el precioso cuerpo de Jesucristo, en memoria de su santa pasión, por medio de la cual los fieles cristianos de buena vida, aunque sean igno­rantes y sin ciencia, podrán ver las astucias y malicias del mal vado anticristo y de sus seguidores.

miércoles, 9 de abril de 2014

La comunión de rodillas - Mons. Héctor Aguer



El Arzobispo de La Plata, Mons. Héctor Aguer, recordó que “en la Arquidiócesis se puede recibir la sagrada Comunión de pie o de rodillas, en la boca o en la mano”. Y sugirió, además “que para facilitar el gesto de quienes deseen comulgar de rodillas se ubique un reclinatorio en el lugar donde se distribuye la Eucaristía”.


En el decreto Nº 047/014, el prelado sostuvo que “han llegado a esta sede numerosas consultas de fieles a quienes, según sus declaraciones, se les ha impedido recibir la Sagrada Comunión de rodillas”. Y en sus considerandos destacó que “en diversos documentos de la Santa Sede se insiste en la necesaria libertad de los fieles respecto de la postura y la forma de recibir el Cuerpo del Señor, actitudes que siempre deben expresar la fe del cristiano, su respeto al Sacramento y su devoción eucarística. Y que la Instrucción “Redemptionis Sacramentum”, del 25 de Marzo de 2004, expresa que es lícito recibir la Sagrada Comunión arrodillado o de pie, en la boca o en la mano”.

Fomentar el amor a Cristo

Añadió en el documento que “la finalidad de estas disposiciones es, en el respeto de la libertad de los fieles, fomentar el amor a Cristo, presente en el Santísimo Sacramento, y el fruto de su recepción en todos los que se acercan a la mesa eucarística”. Por ello, concluyó, “encomiendo a los presbíteros de la Arquidiócesis la explicación a los fieles de nuestras parroquias y capillas de las disposiciones de este documento, en una oportuna catequesis y el correcto cumplimiento de las mismas”.



Fuente: Arzobispado de La Plata

sábado, 5 de abril de 2014

La primer misa tridentina de un sacerdote




del Padre Stephen Shield 

 Se podría decir que soy un converso reciente a la misa tridentina. Hace sólo cinco años que fui ordenado, y tuve poco contacto con ella hasta después de mi ordenación. El obispo Brewer nos pidió que celebráramos la misa antigua en la iglesia de los Mártires Ingleses, y para decir la verdad nos sentíamos un poco reticentes porque no estábamos muy seguros de qué se trataba todo eso. 
La primera vez que celebré la Misa, o más bien una semana antes, fue una pesadilla. Todo parecía tan extraño, tan remoto de mi experiencia sobre la Misa. Las numerosas rúbricas y directivas que había que recordar parecían muy complicadas e innecesarias. ¿Se daría cuenta alguien si yo me olvidara de algo? ¿No podría yo simplificar un poco las cosas? 

Al sonar la campana y ponerse de pie la congregación la pesadilla continuó. Yo estaba bien conciente de los tremendos momentos que me esperaban. ¿Me acordaría de todo? Yo rezaba para no olvidarme que estaba diciendo Misa con mi preocupación de acordarme qué hacer y cuándo moverme, cuándo hacer la señal de la Cruz, y así por delante. 
Una vez que el birrete del sacerdote estuvo en las manos del acólito, el cáliz en el corporal y el Misal abierto, me arrodillé y así empezó. Desde ese momento las cosas se estabilizaron, la Misa comenzó, y aunque los nervios no desaparecieron ya no me dominaban. Creo que el miedo de lo anterior es a veces tan difícil de enfrentar como el miedo de lo nuevo. 
Cuando la Misa terminó (y estoy seguro que no cometí muchos errores), y la iglesia ya cerrada, me serví un gin tonic en un vaso un poco más grande que lo habitual, y vino el momento de la reflexión. Lo que se presentaba como una pesadilla finalizó como una experiencia espiritual diferente de cualquier otra cosa. Pero, ¿qué es lo que la hizo tan diferente y por qué yo me sentí tan diferente? Por encima de todo, había un poderoso sentido de la presencia de Dios. Fue un sentir la majestad del Padre, el confortamiento y el calor del Espíritu Santo, el perdón y la amable guía de Nuestro Bendito Señor en esa Misa. ¿Habrá sido por tratarse de una nueva experiencia? ¿O era algo más grande que eso? 


A propósito de esto recordé algo que una vez oí en una lectura de Teología Espiritual. El P. Jordan Aumann se refirió a la liturgia como la mayor fuente de inspiración para la vida espiritual. Volviendo a leer sus palabras me golpeó el siguiente pasaje:
“El vínculo entre la tradición y la liturgia se manifiesta en enunciados tales como ‘lex orandi est lex credendi – la ley de la oración es la ley de la Fe’. La liturgia es, entonces, una expresión de la vital continuidad y perenne unidad de la proclamación por la Iglesia de las verdades reveladas a todas las naciones a través de los siglos. En lo que respecta al Magisterio, el papa Pío XI se refirió a la liturgia como ‘El principal órgano del Magisterio de la Iglesia’” (Jordan Aumann, O.P., Spiritual Theology, Sheed & Ward, London, 1986, p. 29).

La Tradición es la transmisión el depósito de la Fe de una generación a otra bajo la enseñanza y guía de la Iglesia. Esta Tradición proclama, explica y aplica verdades reveladas al pueblo de Dios a través de los siglos. Mientras las tradiciones humanas caen frecuentemente en el error, la tradición viviente de la Iglesia es infalible con relación al contenido esencial de la Fe.

 La liturgia es la adoración pública de la Iglesia. Es la forma de piedad practicada por la Iglesia en cumplimiento de su misión de alabar y glorificar la Santa Trinidad y santificar las almas. Mediante esta adoración pública podemos expresar nuestra creencia en las verdades de nuestra Fe y mostrar a otros el misterio de Cristo y la verdadera naturaleza de su Iglesia. En otras palabras, la liturgia no es simplemente una necesidad de obligación, sino una expresión viva de lo que creemos, y de la vida que vivimos en la Santísima Trinidad. Esto es parte de la “continuidad vital” a la que se refiere el P. Aumann – la misma fe creída por todo el pueblo, en todas partes, en todos los tiempos. Ese cuerpo no debe ser dividido; de ahí la frase del P. Aumann, “unidad perenne”, la unidad de todos los creyentes manteniendo la misma Fe que ha sido preservada y transmitida de generación en generación. El Santo Padre actual (se refiere a JPII) enfatiza tradición y unidad en su Carta Apostólica Ecclesia Dei:
“Es imposible permanecer fiel a la tradición y rompiendo el lazo eclesial con aquel al cual, en la persona del Apóstol Pedro, Cristo mismo confió el ministerio de la unidad en Su Iglesia (Ecclesia Dei, párr. 4, citando Pastor Aeternus del Concilio Vaticano I). 

La tradición, la liturgia y la singularidad de la Iglesia son esenciales para que comprendamos el lugar que ocupa el rito tradicional de la Misa en la Iglesia contemporánea. Ante ese evento extraordinario, mi primera Misa latina, estamos uniéndonos nosotros mismos mediante este rito tradicional en la tradición viva de la Iglesia. No es que estemos ubicándonos en una situación diferente: somos una parte viviente de esa tradición, activamente, continuamente.
Mientras tanto, los liturgistas liberales continúan mostrando una total oposición a las formas tradicionales y al sentido común. Relato aquí un pequeño hecho: un liturgista fue a ver a un amigo mío, diciéndole que necesitaba cambiar su iglesia, para “ponerla al día” y “reordenarla”. Mi amigo le contestó: “Muy bien, “¿qué debo hacer?” “Tiene que correr el altar más cerca del pueblo”. Mi amigo respondió: “si muevo el altar más cerca del pueblo no va a quedar lugar en el santuario”. A lo que el experto en liturgia contestó la respuesta que ya tenía preparada: “Muy bien, saque las seis primeras filas de bancos”. ¡Y éstos son los llamados “expertos”! 

Estos así llamados liturgistas hablan de la majestad de los ritos antiguos, de la maravilla de los bautismos tal como se celebraban en el siglo V en Siria, y así por delante; pero ante una sola mención de la Misa Tridentina y es como si se les hubiera pedido negar la existencia de Dios. Por alguna razón, ellos tienen temor de la misa antigua. Lo que ellos buscan es el cambio, y con un familiar dogmatismo liberal denuncian a todo aquel que esté en desacuerdo con sus puntos de vista. Mientras ellos condenan la Misa Tridentina y a quienes desean su celebración, perdonan sus cambios personales en las normas de la Misa (nueva) so capa de legítima experiencia litúrgica. 


Los liturgistas insisten que la liturgia debe ser inmediatamente comprensible y accesible a todo el mundo. Con este pretexto han reducido el culto de la Iglesia al más bajo común denominador. Ellos han evitado toda noción de lo sagrado, toda noción de sacrificio, reduciéndose a “¿Cómo me siento?”, o “Por dónde vas”, o “¿A dónde vamos?” Por cierto que la liturgia no se trata de eso. La liturgia existe para la glorificación de Dios y la santificación de las almas. Su objetivo no es confortarme y hacerme sentir feliz. Es a mí que me corresponde llevarme a mí mismo y ofrecerme a mí mismo con mi Salvador hacia el Padre de los cielos. Esta búsqueda del más bajo de los denominadores comunes lleva a los laicos a la convicción de que son incapaces por sí mismos de apreciar las maravillas de la liturgia tradicional. Como consecuencia de ello se han multiplicado la explicaciones, y las ceremonias han sido simplificadas hasta un punto tal que ya no significan absolutamente nada. 


Por esta razón, quedé particularmente encantado al leer el discurso del Cardenal Ratzinger a los obispos libaneses que se encontraban en Roma para un Sínodo. Hablando con ellos sobre su liturgia, basado en el documento que estaban analizando, contestó, citando ese documento:
“… muchos esperan una reforma más profunda de las oraciones, textos y libros. Ellos pidieron adaptarse mejor al lenguaje del pueblo y su mentalidad …’ Y yo me pregunto: ¿qué es la mentalidad del pueblo? ¿Estamos pensando acerca de una mentalidad superficial, creada y homogeneizada por los medios de comunicación, o estamos pensando en los simples de corazón, cuyos ojos de fe ven aquello que está escondido a los … sabios y entendidos (cf. Mt. 1, 1:25)? Siguiendo la primera línea de pensamiento, se llega rápidamente a la banalización de la liturgia. Tenemos algunos tristes ejemplos de esto en Occidente; el Oriente no debería seguir este camino equivocado” (L’Osservatore Romano, 10 de enero de 1996).


Fuertes palabras y adecuada advertencia para el Oriente; ¡recemos para sigan el buen consejo del Cardenal! Ratzinger continuó diciendo que, con gran respeto y amor, los textos los textos se pueden cambiar alguna vez , pero que es necesario que la reforma real se dé en los corazones y en una educación litúrgica renovada por la oración. Por sobre todo, agregó:
“Nuestro Señor debe preceder nuestra acción. Junto con los discípulos debemos dirigirnos al Señor diciendo: ‘¡Señor, enséñanos a orar’ … Guiados por el Señor encontraremos el camino!”

Los cambios introducidos para modernizar la Misa y hacerla más accesible y comprensible difícilmente han probado ser el éxito predicho por los expertos. La propuesta del Cardenal Ratzinger de que la única vía para alcanzar una reforma verdadera y profunda es a través de la oración es, sin duda, un paso en la buena dirección. ¡Cuán a menudo hemos oído: cambiad esto, cambiad aquello, somos una comunidad, esta será mejor para nuestra comunidad, participemos juntos! Y ahí va la cosa, con poca o ninguna alusión a Dios o a la oración. ¿Cuándo se nos pide que recemos por el bien de la Iglesia, por los obispos y los sacerdotes, por la difusión del Evangelio?
  

 Hemos oído una y otra vez argumentar que la Iglesia de los primeros tiempos tuvo tales y tales prácticas, y que en consecuencia eso debería ser lo correcto y digno de ser restaurado. Empero, la arqueología litúrgica es apenas una parte de la tradición viviente. Los reformadores litúrgicos dicen que en la época del Concilio de Trento se carecía de medios para descubrir ese maravilloso material ahora encontrado por los reformadores acerca de los bautismos del siglo quinto en Siria. Bueno, pero, ¿qué importancia tiene eso? Los liturgistas del Concilio de Trento no se reunieron para cambiar ningún rito: ellos estaban ahí para forjar una unidad a fin de enfrentar a la Reforma. Lo que ellos procuraron era que todos los católicos creyeran las mismas cosas, es decir, las mismas creencias que habían sido transmitidas de generación en generación. Ellos no pretendieron cambiar la Misa para que los hombres de todo el mundo se sintieran más confortable, más en su casa, más a sus anchas. No. Ellos estaban luchando contra un enemigo, un enemigo que estaba tratando de destruir el depósito de la fe que había sido transmitido desde los apóstoles. 

El lugar para la misa tradicional en la vida de la Iglesia Católica hoy día, según creo, es vital. Si objeto es Dios, no el hombre. No confrontación entre el sacerdote y el pueblo, y en consecuencia no hay ninguna necesidad de que el sacerdote sienta que debe mantener entretenido al cuerpo que tiene ante él. Es difícil ignorar a la gente que se está mirando directamente. Y así los sacerdotes se han sentido presionados para entretener, con sus mentes distraídos de aquella celebración para la cual se encuentran ahí. El secularismo de nuestra época ha llevado a muchos sacerdotes a creer que lo primero es el hombre. La vieja misa, en cambio, clama por lo exactamente opuesto. 

De manera que todos los temores a los que me referí al empezar –por ejemplo, la gran cantidad de rúbricas y los movimientos predeterminados– no son represivos, como pensé primero. Más bien, ellos facilitan una libertad que ha desaparecido de la misa tal como ella es ahora. Las rúbricas y la ley canónica son ambas esenciales, pues ellas son nuestra seguridad y nuestra libertad. Ellas nos dan la libertad para concentrarnos en las verdades para celebrar las cuales estallamos ahí. La ausencia de reglas no significa libertad; ella significa caos, y ahí es donde nos ha llevado el nuevo rito – a un estado de caos. La reglas litúrgicas habilitan al sacerdote y a los fieles para estar completamente libres para absorberse en el gran misterio que están celebrando. Esto es verdadera participación; esto es adoración accesible e inteligible. ¿Cómo podemos, honestamente, llamar participación al balanceo de los fieles en las naves de la iglesia y hacer olas con las manos en el aire? Un tal comportamiento puede satisfacer el ego por un momento pero nada ello habla de eternidad; todo ello confina a las almas al presente.
 

La misa antigua es intemporal, como también debería serlo la misa nueva. Todas las épocas son convocadas conjuntamente cuando el Cuerpo Místico de Cristo se reúne para celebrar la Pasión, muerte y Resurrección del Salvador, y no deberían perderse en apenas unos momentos lindando con la histeria. La Liturgia consiste en la adoración de Dios Todopoderoso y la santificación del mundo; no tiene nada que ver con ser entretenidos por un sacerdote que aparece como un comediante fuera de lugar, de segunda clase. 

Hemos tenido semanas de reuniones de expertos y exposiciones sin fin de programas misionales. Yo me levanté y declaré que el espectáculo era absurdo y extravagante. Nuestro Señor nos dio este programa: “Id y predicad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”. Ése es el programa misionero de todos nosotros como cristianos y el que como tales debemos tener. Todos participamos de esta misión de nuestro bendito Señor. La Iglesia toma esta misión seriamente, pues ella existe para la santificación de las almas. Es por esta razón que la Misa termina con el “Ite, Missa est – Deo Gratias”. Así es que opera esta tradición viviente de la Iglesia; después del “Id, vosotros sois enviados”, la más acabada respuesta que podemos dar es “Deo Gratias” – demos gracias a Dios. Con ello quedamos preparados para ir al mundo y llevar con nosotros la misión de la Iglesia de enseñar a todas las naciones. Se nos ha dado la gracia de la Misa; tomemos entonces con nosotros el mensaje del Evangelio y llevémoslo a otros para que se unan en este santo misterio. ¿Pero cómo podrá atraerse a la gente si todo lo que se les ofrece es un sacerdote portando las orejas del Ratón Mickey?


Ya he celebrado muchas veces la Misa Tridentina y cada vez estoy más convencido del inapreciable don que tenemos en la liturgia tradicional, más convencido de la libertad y de la naturaleza intemporal de esta adoración de la Trinidad. No hay ninguna necesidad para ningún sacerdote de pensar constantemente en nuevas maneras de mantener la atención de la gente, o ninguna necesidad de divertir a la audiencia con historias chistosas. ¡Tantas cosas han sido removidas de nuestras iglesias!: estatuas, vestiduras, música y hasta coros, para no decir nada de doctrina y predicación; la lista, por cierto, es muy larga para contemplar. Tenemos la obligación de preservar la belleza en todas sus formas. La Misa Tridentina es, ciertamente, uno de esos inapreciables tesoros que tenemos. No debe ser olvidada, ni desdeñados sus beneficios espirituales. Este gran don no debe jamás ser motivo de embarazamiento. Por lo contrario, estemos orgullosos del amor que tenemos por la Misa antigua; no permitamos nunca ser menospreciados o ridiculizados por aquellos que la critican sin saber nada de ella. 


viernes, 21 de marzo de 2014

Algunas preguntas sobre la Misa




¿Cuál es la Forma Extraordinaria de la Santa Misa?

La Forma Extraordinaria de la Misa, también llamada Misa Tridentina o Misa Tradicional en Latín es la forma de la Misa celebrada universalmente por la Iglesia Católica hasta la década de 1960.

Entre las diferencias más evidentes con respecto a la forma Ordinaria de la Misa están el uso del latín en todas las oraciones y la postura del sacerdote que siempre debe mirar hacia el oriente [1].

Popularmente se dice que el sacerdote celebra de espaldas a los fieles, sin embargo esta aseveración es incorrecta, ya que no se trata de que está dando la espalda al pueblo, sino más bien que se encuentra frente al altar y sus reliquias, al sagrario y la cruz, por lo cual tanto el sacerdote como los fieles tienen la misma postura, todos orando en la misma posición y hacia el mismo punto, de cara al Señor.

El Santo Padre Benedicto XVI ha enseñado a toda la Iglesia Católica que la Misa Tradicional en Latín es un tesoro precioso que debe conservarse. Fuente


[1] O también al llamado oriente litúrgico.


¿Qué tan antigua es la Misa Tradicional en Latín?


La Santa Misa fue instuitida por Nuestro Señor Jesucristo en la última cena, no obstante las diferentes formas con las que se ha celebrado fueron variando desde los tiempos apostólicos tanto en Oriente como en Occidente.

El origen de la Santa Misa Tradicional en latín es uno de los más antiguos, ya que en su esencia data de hace mas de 1500 años, siendo el Papa San Gregorio Magno (590-604) el que realizó algunas de sus últimas modificaciones más importantes. [1]

Precisamente del nombre del Papa San Gregorio es donde deriva el hermoso y sacro canto litúrgico llamado canto gregoriano que tambien ha acompañado la celebración de la Santa Misa durante muchos siglos.

En 1570 el Papa San Pio V que es el patrono de Una Voce Costa Rica, estableció una versión uniforme del Misal respondiendo a las rigurosas prescripciones del Concilio de Trento, sin embargo es importante mencionar que el Papa San Pio V no creó una Misa nueva, sino que codificó una versión más uniforme del Misal que en esencia venía siendo usado por la Iglesia desde hace siglos.

De esta manera, por su antiguedad podemos constatar que esta forma de la Misa es la que conocieron y amaron la mayoría de nuestros venerables santos como San Francisco y Santa Clara de Asís, Santo Domingo, Santa Catalina de Siena, San Ignacio, Santa Teresa, San Alfonso María de Ligorio, San Juan Bosco, San Martin de Porres, Santa Teresita, Padre Pío y muchos más.

El Papa quiere que hoy tambien nosotros tengamos a nuestra disposición participar en la misma forma de la Misa en la que participaron tantos y tantos de nuestros amados santos.


[1] Esto ha sido confirmado por prestigiosos historiadores de la liturgia como Adrian Fortescue y Klaus Gamber.


¿Por qué la gente quiere la Misa Tradicional en Latín?

La respuesta simple es porque reconocen su valor. El Papa Benedicto XVI lo expresa de esta forma en la carta a los obispos que acompaña al Motu Proprio Summorum Pontificum:

Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser improvisadamente totalmente prohibido o incluso perjudicial. Nos hace bien a todos conservar las riquezas que han crecido en la fe y en la oración de la Iglesia y de darles el justo puesto.

Las riquezas se encuentran en cada uno de los elementos del Misal: en las oraciones propias, así como en el ordinario, en las rúbricas, el leccionario y el calendario, y se reflejan en la espiritualidad especial de la Misa rezada, así como en las formas más espléndidas como la forma cantada y solemne de la Misa y en las ceremonias especiales para determinadas épocas del año, como en la Pascua. La impresión más inmediata que muchas personas obtienen de la Misa tradicional, y que logra atraerlas tanto, es referida en la carta a los Obispos que acompaña el Summorum Pontificum: "Aquella sacralidad que atrae a muchos hacia el uso antiguo". La Misa Tradicional hace evidente de inmediato que lo que está ocurriendo es algo sagrado.

La Misa Tradicional en Latín también tiene un lugar importante que trasciende ampliamente la vida los católicos ligados a ella. Summorum Pontificum lo expresa de esta forma:

...En algunas regiones, sin embargo, no pocos fieles adhirieron y siguen adhiriendo con mucho amor y afecto a las anteriores formas litúrgicas, que habían embebido tan profundamente su cultura y su espíritu, que el Sumo Pontífice Juan Pablo II, movido por la preocupación pastoral respecto a estos fieles, en el año 1984, con el indulto especial "Quattuor abhinc annos", emitido por la Congregación para el Culto Divino, concedió la facultad de usar el Misal Romano editado por el beato Juan XXIII en el año 1962. (SP, prefacio).
La Misa Tradicional fue para muchos el eje central de su cultura y la espiritualidad católica, esto era especialmente cierto en aquellas regiones mencionadas, donde la Misa era el centro de la piedad católica, en lugar de otras devociones extra-litúrgicas como el Rosario, las procesiones y otras.

El Papa Benedicto XVI se refiere a esta cultura y espiritualidad como algo muy positivo, su preservación es lo suficientemente importante como para justificar el acto del Papa Juan Pablo II, y por ende los subsequentes actos papales.

Se trata de una forma de vida genuina, fecunda y llena de vitalidad que no es solamente característica de ciertas regiones en un periodo histórico determinado, sino que puede ser retomada por nuevas generaciones de católicos alrededor del mundo, lo que es notable en las numerosas comunidades que han florecido en su amor por la Misa Tradicional en diversos lugares incluyendo Costa Rica. [1]

El cardenal Castrillón Hoyos lo describió de esta manera, en una entrevista:

No me gusta, de hecho, las concepciones que quieren reducir el “fenómeno” tradicionalista sólamente a la celebración del Rito Antiguo, como si se tratase de un apego nostálgico y obstinado al pasado. Esto no corresponde a la realidad que se vive en el interior de este vasto grupo de fieles. En realidad, estamos allí frecuentemete en presencia de una visión cristiana de la vida de fe y devoción..., un deseo profundo de espiritualidad y de sacralidad, ... Es interesante en seguida resaltar cómo se encuentran en el seno de esta realidad muchos jóvenes, nacidos después del Concilio Ecuménico Vaticano II. Ellos manifiestan... una ‘simpatía de corazón’ por una forma de celebración, y también de catequésis, que ... deja un amplio espacio al clima de sacralidad y de espiritualidad que justamente conquista también a los jóvenes de hoy: no se puede ciertamente definirlos como “nostálgicos” o como un vestigio del pasado. [2]

(Entrevista en la revista The Latin Mass, mayo de 2004)
Traducción de un artículo de "Latin Mass Society of England and Wales".

[1]. Adenda de UVCR.
[2]. IDEM



¿Por qué a los jóvenes les gusta la Misa Tridentina?

Mucha gente aún se asombra de que tengamos un grupo que reúne a católicos que desean la conservación de la tradición litúrgica de la Iglesia a través de la Misa Tradicional en Latín, expresiones como “eso es anticuado”, “ya pasó de moda”, “los jóvenes quieren lo nuevo y lo moderno” y “solos los nostálgicos que crecieron antes del Concilio Vaticano II van a estar interesados” las escuchamos con frecuencia.

La realidad en Costa Rica y el mundo es otra, la mayoría de las personas interesadas en la Misa Tradicional en Latín son jóvenes, que nacieron mucho después del Concilio (que por cierto nunca propuso eliminar o prohibir la Misa Tridentina) y que desean conservar el tesoro de la tradición de la Iglesia en todo su esplendor.

Ante esto, hemos querido contactar a algunos muchachos que han mostrado interés por la Forma Extraordinaria del Rito Romano para hacerles la siguiente pregunta:

¿Por qué te sientes atraído por la Misa Tradicional en Latín?

Estas son algunas de sus respuestas:

Porque con ella se evangelizó América, que como decía nuestro amado Juan Pablo II, "es el continente de la esperanza". Ahora nosotros como jóvenes, en una sola voz, decimos: ¡y esta Misa es la esperanza de la juventud!". 

Mónica, 22 años, Cartago.

Porque en ella está la gracia santificante, la grandeza de Nuestro Señor y toda su humildad. La belleza y majestuosidad redentora del magisterio de la Santa Iglesia Católica, contenida en la Palabra y la Tradición que nos acompaña desde hace dos mil años. Ahí está Nuestro Redentor y amigo que nunca falla, Jesucristo nuestro Jefe.

José Pablo, 18 años, Heredia.

Por ser la máxima exposición de la teología y fe católica, es la Misa que de manera más perfecta rinde a Dios gloria.

Daniel, 24 años, Goicoechea.

Por ser la Misa que alimentó espiritualmente y santificó a casi todos nuestros amados santos, desde el más humilde hasta el más docto.

Pamela, 22 años, Cartago.

Por ser la Misa que más herejes ha convertido y sigue convirtiendo.
Andrés, 25 años, Escazú.
Andrés tambien nos comparte el testimonio de sus sobrinas de 8 y 12 años, quienes asisten a Misa Tridentina en España desde bebés.

Esto es lo que le han dicho las niñas: 

Porque no me siento rara usando el velo, ya que todas lo usamos para agradar a Dios como nos pide San Pablo.
Gabriela, 12 años.
Porque me gusta ir donde mis amigos y Jesús es mi mejor amigo que baja desde el cielo para decirme que me quiere mucho.
Sofía, 8 años.


Me atrae la Misa Tridentina porque cada momento está lleno de solemnidad y misterio, de asombro, de amor, un amor coherente con el Sacrificio de Cristo en la cruz. Es coherencia en nuestros gestos ante el gran misterio del amor infinito de Dios en la Cruz, porque yo veo a la Misa Tridentina como si fuera una hermosa poesía de amor entre dos enamorados: Cristo y su Iglesia.

Jose, 28 años, Moravia.

Porque me hace profundizar en la identidad católica construida con el paso de los siglos, porque el latín me permite meditar en la catolicidad de la Iglesia, porque cuando el sacerdote adopta la posición Ad Orientem me hace notar la uniformidad de la oración de los hijos de Dios durante la Misa.

Daniel, 20 años, Alajuelita.

Adicionalmente dos amigos que viven fuera de Costa Rica también nos comentan:


La Misa Tridentina es la Misa de la Iglesia [...] celebrada por miles de santos en el transcurso del tiempo. Solo aquel que ya estuvo en esta Misa se dará cuenta de lo diferente que es, completamente sobrenatural y por supuesto la más odiada por Satanás porque tiene oraciones de exorcismos [...] sin duda lo bueno debe volver y Jesucristo debe ser de nuevo el centro de todo, reverenciado como se debe...

Dyrlyd, 21 años, Paraguay.

Porque se siente más la presencia mística del Calvario en toda su Gloria y Esplendor.

Daniel, 21 años, Francia.




Una Voce, Costa Rica.

domingo, 9 de marzo de 2014

Carta para la Cuaresma 1895 - Card. Sarto



Teniendo como deber, por exigencias de mi ministerio apostólico, exhortar a todos a observar puntualmente el cumplimiento de la Santa Cuaresma, y de esta forma estar en actitud digna de recibir a Jesucristo en la solemnidad pascual, se abren mis labios espontáneamente con esas palabras con las que la Santa Liturgia inicia este tiempo de retiro, de ayuno y de oración. 

“Transcurrido el pasado tiempo en medio de la somnolencia y de una detestable indiferencia y ociosidad, levantémonos con presteza de nuestro sueño y cubrámonos de ceniza, puesto el cilicio y con ayunos y llantos invoquemos al Señor; haciendo penitencia para enmendarnos del mal que por ignorancia o malicia hayamos cometido”

Mas si esta exhortación al ayuno, al cilicio y a la penitencia supusiese demasiado para el espíritu mundano, entremos no obstante en el espíritu de la Iglesia que como Madre benigna, y con el deseo de adaptarse a la fragilidad de sus hijos, ha mitigado todas estas prácticas santas, por lo cual no puedo dejar de traer aquí las palabras de San Pedro dirigidas a los cristianos de su tiempo: “Sed sobrios y vigilad, porque vuestro adversario el diablo da vueltas a vuestro alrededor, como león rugiente, buscando a quien devorar: resistidle fuertes en la Fe” (I San Pedro V, 8-9); y sin ninguna duda, si practican estos santos consejos, la Santa Cuaresma será un tiempo aceptable, será el tiempo de la salvación.
Necesidad de la Penitencia 

La recta razón y la Fe nos manifiestan conjuntamente esta verdad: fue precisamente en el momento en que se rompió la amistad con Dios en el Paraíso terrenal, cuando se suscitó dentro de nosotros la concupiscencia, incentivo y alimento de las más escondidas pasiones, germen de los vicios y causa fatal de la guerra entablada entre la carne y el espíritu, la cual con magistrales trazos y elocuentes palabras fue descrita por San Pablo de la forma siguiente: “Me complazco en la Ley de Dios según el hombre interior: mas llevo otra ley en mis miembros opuesta a la ley del espíritu, que me hace esclavo de la ley del pecado, y esta ley está impresa en mis miembros. ¡Infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” 

El único remedio para obtener esta liberación es combatir en nosotros esa raíz que es la causa principal de nuestros vicios y de nuestras pasiones, y como nuestro gran enemigo es el cuerpo, habrá que esforzarse en humillarlo para reconducirlo a su verdadero fin, dada la carga de pereza que lleva consigo, y mediante esta humillación se adquirirá una vida más vigorosa en perfecta armonía con el espíritu.

Fuente: Card. Giuseppe Sarto, Patriarca de Venecia (luego San Pío X), Carta para la Cuaresma de 1895

miércoles, 5 de marzo de 2014

Cuaresma 2014



MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
CUARESMA 2014

Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cfr. 2 Cor 8, 9)




Queridos hermanos y hermanas:


Con ocasión de la Cuaresma os propongo algunas reflexiones, a fin de que os sirvan para el camino personal y comunitario de conversión. Comienzo recordando las palabras de san Pablo: «Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8, 9). El Apóstol se dirige a los cristianos de Corinto para alentarlos a ser generosos y ayudar a los fieles de Jerusalén que pasan necesidad. ¿Qué nos dicen, a los cristianos de hoy, estas palabras de san Pablo? ¿Qué nos dice hoy, a nosotros, la invitación a la pobreza, a una vida pobre en sentido evangélico?


La gracia de Cristo


Ante todo, nos dicen cuál es el estilo de Dios. Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza: «Siendo rico, se hizo pobre por vosotros…». Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros; se desnudó, se “vació”, para ser en todo semejante a nosotros (cfr. Flp 2, 7; Heb 4, 15). ¡Qué gran misterio la encarnación de Dios! La razón de todo esto es el amor divino, un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama. La caridad, el amor es compartir en todo la suerte del amado. El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias. Y Dios hizo esto con nosotros. Jesús, en efecto, «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22).


La finalidad de Jesús al hacerse pobre no es la pobreza en sí misma, sino —dice san Pablo— «...para enriqueceros con su pobreza». No se trata de un juego de palabras ni de una expresión para causar sensación. Al contrario, es una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de la Encarnación y la Cruz. Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica. ¡El amor de Cristo no es esto! Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se hace bautizar por Juan el Bautista, no lo hace porque necesita penitencia, conversión; lo hace para estar en medio de la gente, necesitada de perdón, entre nosotros, pecadores, y cargar con el peso de nuestros pecados. Este es el camino que ha elegido para consolarnos, salvarnos, liberarnos de nuestra miseria. Nos sorprende que el Apóstol diga que fuimos liberados no por medio de la riqueza de Cristo, sino por medio de su pobreza. Y, sin embargo, san Pablo conoce bien la «riqueza insondable de Cristo» (Ef 3, 8),«heredero de todo» (Heb 1, 2).


¿Qué es, pues, esta pobreza con la que Jesús nos libera y nos enriquece? Es precisamente su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano que se acerca a ese hombre que todos habían abandonado medio muerto al borde del camino (cfr. Lc 10, 25ss). Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros. La pobreza de Cristo que nos enriquece consiste en el hecho que se hizo carne, cargó con nuestras debilidades y nuestros pecados, comunicándonos la misericordia infinita de Dios. La pobreza de Cristo es la mayor riqueza: la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria. Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura. La riqueza de Jesús radica en el hecho de ser el Hijo, su relación única con el Padre es la prerrogativa soberana de este Mesías pobre. Cuando Jesús nos invita a tomar su “yugo llevadero”, nos invita a enriquecernos con esta “rica pobreza” y “pobre riqueza” suyas, a compartir con Él su espíritu filial y fraterno, a convertirnos en hijos en el Hijo, hermanos en el Hermano Primogénito (cfrRom 8, 29).


Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos (L. Bloy); podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo.




Nuestro testimonio


Podríamos pensar que este “camino” de la pobreza fue el de Jesús, mientras que nosotros, que venimos después de Él, podemos salvar el mundo con los medios humanos adecuados. No es así. En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando el mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los Sacramentos, en la Palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres. La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo.


A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual. La miseria material es la que habitualmente llamamos pobreza y toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad como la comida, el agua, las condiciones higiénicas, el trabajo, la posibilidad de desarrollo y de crecimiento cultural. Frente a esta miseria la Iglesia ofrece su servicio, su diakonia, para responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad. En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir.


No es menos preocupante la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente. Esta forma de miseria, que también es causa de ruina económica, siempre va unida a la miseria espiritual, que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios, que en Cristo nos tiende la mano, porque pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, nos encaminamos por un camino de fracaso. Dios es el único que verdaderamente salva y libera.


El Evangelio es el verdadero antídoto contra la miseria espiritual: en cada ambiente el cristiano está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. ¡El Señor nos invita a anunciar con gozo este mensaje de misericordia y de esperanza! Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío. Se trata de seguir e imitar a Jesús, que fue en busca de los pobres y los pecadores como el pastor con la oveja perdida, y lo hizo lleno de amor. Unidos a Él, podemos abrir con valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana.


Queridos hermanos y hermanas, que este tiempo de Cuaresma encuentre a toda la Iglesia dispuesta y solícita a la hora de testimoniar a cuantos viven en la miseria material, moral y espiritual el mensaje evangélico, que se resume en el anuncio del amor del Padre misericordioso, listo para abrazar en Cristo a cada persona. Podremos hacerlo en la medida en que nos conformemos a Cristo, que se hizo pobre y nos enriqueció con su pobreza. La Cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse; y nos hará bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza. No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele.


Que el Espíritu Santo, gracias al cual «[somos] como pobres, pero que enriquecen a muchos; como necesitados, pero poseyéndolo todo» (2 Cor 6, 10), sostenga nuestros propósitos y fortalezca en nosotros la atención y la responsabilidad ante la miseria humana, para que seamos misericordiosos y agentes de misericordia. Con este deseo, aseguro mi oración por todos los creyentes. Que cada comunidad eclesial recorra provechosamente el camino cuaresmal. Os pido que recéis por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen os guarde.


Vaticano, 26 de diciembre de 2013


Fiesta de San Esteban, diácono y protomártir









Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cfr. 2 Cor 8, 9)


Queridos hermanos y hermanas:


Con ocasión de la Cuaresma os propongo algunas reflexiones, a fin de que os sirvan para el camino personal y comunitario de conversión. Comienzo recordando las palabras de san Pablo: «Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8, 9). El Apóstol se dirige a los cristianos de Corinto para alentarlos a ser generosos y ayudar a los fieles de Jerusalén que pasan necesidad. ¿Qué nos dicen, a los cristianos de hoy, estas palabras de san Pablo? ¿Qué nos dice hoy, a nosotros, la invitación a la pobreza, a una vida pobre en sentido evangélico?


La gracia de Cristo


Ante todo, nos dicen cuál es el estilo de Dios. Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza: «Siendo rico, se hizo pobre por vosotros…». Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros; se desnudó, se “vació”, para ser en todo semejante a nosotros (cfr. Flp 2, 7; Heb 4, 15). ¡Qué gran misterio la encarnación de Dios! La razón de todo esto es el amor divino, un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama. La caridad, el amor es compartir en todo la suerte del amado. El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias. Y Dios hizo esto con nosotros. Jesús, en efecto, «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22).


La finalidad de Jesús al hacerse pobre no es la pobreza en sí misma, sino —dice san Pablo— «...para enriqueceros con su pobreza». No se trata de un juego de palabras ni de una expresión para causar sensación. Al contrario, es una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de la Encarnación y la Cruz. Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica. ¡El amor de Cristo no es esto! Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se hace bautizar por Juan el Bautista, no lo hace porque necesita penitencia, conversión; lo hace para estar en medio de la gente, necesitada de perdón, entre nosotros, pecadores, y cargar con el peso de nuestros pecados. Este es el camino que ha elegido para consolarnos, salvarnos, liberarnos de nuestra miseria. Nos sorprende que el Apóstol diga que fuimos liberados no por medio de la riqueza de Cristo, sino por medio de su pobreza. Y, sin embargo, san Pablo conoce bien la «riqueza insondable de Cristo» (Ef 3, 8),«heredero de todo» (Heb 1, 2).


¿Qué es, pues, esta pobreza con la que Jesús nos libera y nos enriquece? Es precisamente su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano que se acerca a ese hombre que todos habían abandonado medio muerto al borde del camino (cfr. Lc 10, 25ss). Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros. La pobreza de Cristo que nos enriquece consiste en el hecho que se hizo carne, cargó con nuestras debilidades y nuestros pecados, comunicándonos la misericordia infinita de Dios. La pobreza de Cristo es la mayor riqueza: la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria. Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura. La riqueza de Jesús radica en el hecho de ser el Hijo, su relación única con el Padre es la prerrogativa soberana de este Mesías pobre. Cuando Jesús nos invita a tomar su “yugo llevadero”, nos invita a enriquecernos con esta “rica pobreza” y “pobre riqueza” suyas, a compartir con Él su espíritu filial y fraterno, a convertirnos en hijos en el Hijo, hermanos en el Hermano Primogénito (cfrRom 8, 29).


Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos (L. Bloy); podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo.


Nuestro testimonio


Podríamos pensar que este “camino” de la pobreza fue el de Jesús, mientras que nosotros, que venimos después de Él, podemos salvar el mundo con los medios humanos adecuados. No es así. En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando el mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los Sacramentos, en la Palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres. La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo.


A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual. La miseria material es la que habitualmente llamamos pobreza y toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad como la comida, el agua, las condiciones higiénicas, el trabajo, la posibilidad de desarrollo y de crecimiento cultural. Frente a esta miseria la Iglesia ofrece su servicio, su diakonia, para responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad. En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir.


No es menos preocupante la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente. Esta forma de miseria, que también es causa de ruina económica, siempre va unida a la miseria espiritual, que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios, que en Cristo nos tiende la mano, porque pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, nos encaminamos por un camino de fracaso. Dios es el único que verdaderamente salva y libera.


El Evangelio es el verdadero antídoto contra la miseria espiritual: en cada ambiente el cristiano está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. ¡El Señor nos invita a anunciar con gozo este mensaje de misericordia y de esperanza! Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío. Se trata de seguir e imitar a Jesús, que fue en busca de los pobres y los pecadores como el pastor con la oveja perdida, y lo hizo lleno de amor. Unidos a Él, podemos abrir con valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana.


Queridos hermanos y hermanas, que este tiempo de Cuaresma encuentre a toda la Iglesia dispuesta y solícita a la hora de testimoniar a cuantos viven en la miseria material, moral y espiritual el mensaje evangélico, que se resume en el anuncio del amor del Padre misericordioso, listo para abrazar en Cristo a cada persona. Podremos hacerlo en la medida en que nos conformemos a Cristo, que se hizo pobre y nos enriqueció con su pobreza. La Cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse; y nos hará bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza. No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele.


Que el Espíritu Santo, gracias al cual «[somos] como pobres, pero que enriquecen a muchos; como necesitados, pero poseyéndolo todo» (2 Cor 6, 10), sostenga nuestros propósitos y fortalezca en nosotros la atención y la responsabilidad ante la miseria humana, para que seamos misericordiosos y agentes de misericordia. Con este deseo, aseguro mi oración por todos los creyentes. Que cada comunidad eclesial recorra provechosamente el camino cuaresmal. Os pido que recéis por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen os guarde.


Vaticano, 26 de diciembre de 2013


Fiesta de San Esteban, diácono y protomártir

Perdón Oh Dios mío